La “dama de compañía” del capital: el papel de la oposición en el plan de Kast
Mientras el FA elige presidenta, el PC celebra plenos y el PS declara “oposición frontal”, la Megarreforma avanza y los recortes se profundizan. La izquierda neoliberal no es oposición: es la bisagra institucional del proyecto de Kast.

La izquierda neoliberal chilena —Partido Comunista, Partido Socialista, Frente Amplio, PPD y sus satélites— se presenta hoy como la resistencia al gobierno de José Antonio Kast. Sus dirigencias ocupan los matinales, llenan las redes sociales de declaraciones indignadas y convocan a marchas que, aunque masivas, terminan diluyéndose en el paisaje institucional. Dicen ser el contrapeso, la voz de los que no tienen voz, la alternativa al “neofascismo” que ocupa La Moneda.
Pero la realidad es tozuda. Y lo que muestra es que esta oposición no es el contrapeso, sino la bisagra institucional que permite que el proyecto de Kast avance sin sobresaltos. Su existencia política depende de mantener la ilusión de que hay dos bandos, cuando en realidad son la cara amable de un mismo proyecto de explotación general conducido por diferentes fracciones del capital.
Este artículo no busca convencer a quienes ya saben esto. Busca hacer visible lo que la propaganda oficial de la “oposición” se empeña en ocultar: que el PC, el PS y el FA no son una alternativa al gobierno de Kast, sino su relevo funcional. Y que, si no se desenmascara ese papel a tiempo, cuando Kast falle —por su propia fragilidad, por la crisis económica o por la movilización popular— la misma izquierda neoliberal se presentará como “la salida”, y el pueblo volverá a caer en la trampa de creer que “votando mejor” se resuelve el problema.
No se trata de elegir entre Kast y la oposición. Tampoco de desechar por completo la lucha electoral, aunque esa es harina de otro costal. Se trata de entender que en este caso particular, de un gobierno neofascista en el poder, ambos son funcionales al mismo sistema. Y de construir una fuerza popular que sea independiente de ambos.
II. El legado de Boric: el terreno allanado
De la promesa transformadora a la continuidad neoliberal
El gobierno de Gabriel Boric (2022-2026) es el primer eslabón de esta cadena. Bajo la retórica transformadora —“el gobierno de las transformaciones profundas”, “el fin del modelo neoliberal”— el balance es elocuente: fue de “continuidad absoluta de administración neoliberal del modelo”.
El salvataje a las Isapres, la consolidación de Ponce Lerou en el litio mediante una alianza estratégica de Codelco con SQM en lugar de una empresa nacional, la aprobación del TPP-11, la militarización de la Araucanía, el fortalecimiento de Carabineros sin modificación sustancial de su estructura, la Ley Naín-Retamal para criminalizar la protesta social. Todos esos son hitos de un gobierno que, lejos de transformar, administró.
Como ha señalado Luis Mesina, el gobierno de Boric se convirtió en “el primer presidente en permitir que la extrema derecha ingrese a La Moneda ya no bombardeándola, sino por elección popular”. No es que Kast haya llegado pese a Boric; llegó gracias a Boric. La socialdemocracia y la izquierda liberal no son defensoras de la democracia frente al fascismo; fueron quienes gestionaron el tránsito hacia una sociedad más represiva y allanaron el camino para el plan de la ultraderecha.
El papel específico del Partido Comunista
Pero hay un aspecto que suele quedar en la penumbra del análisis y que merece ser explicitado: el papel del Partido Comunista en esta operación.
El PC no firmó el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución del 15 de noviembre de 2019 —lo criticó por haberse hecho “a espaldas de los movimientos sociales”— pero, a pesar de no haberlo firmado, anunció que participaría del plebiscito y, más importante aún, suspendió toda acción de movilización para “cuidar” la negociación. En lugar de usar su influencia en el movimiento sindical y territorial para profundizar la lucha, la utilizó para restar, para desactivar, para llamar a depositar la confianza en el proceso institucional. Esa opción, presentada como “realismo político”, fue en los hechos una contribución decisiva al enfriamiento de la lucha popular y al allanamiento del camino para la ultraderecha.
Luego, una vez instalado el gobierno de Boric, el PC no fue un actor secundario. Ocupó tres ministerios clave —Segegob con Camila Vallejo, Trabajo con Jeannette Jara, y posteriormente Educación con Nicolás Cataldo y Justicia con Jaime Gajardo— y tuvo un rol central y protagónico en la conducción del oficialismo. Desde el Ministerio del Trabajo, Jeannette Jara impulsó la ley de 40 horas, la reforma de pensiones —que no fue una reforma estructural, sino un parche que mantiene el sistema de capitalización individual—, el aumento del sueldo mínimo y el copago cero en salud, leyes que el propio Boric presentó como los grandes logros de su administración.
El PC no fue un observador crítico del gobierno; fue uno de sus pilares, y su gestión no fue la de un partido de resistencia, sino la de un partido de gobierno que administró el sistema con rostro humano. Ese es el legado que hoy pesa sobre sus dirigentes cuando pretenden presentarse como “oposición” al plan de Kast.
Boric y su papel en el primer proceso constitucional
El papel de Boric en el estallido social y el proceso constituyente es el que mejor define su naturaleza política. No fue un revolucionario que canalizó la rebelión hacia la transformación; fue un gestor de la transición que sacó la lucha de las calles para meterla en una Convención.
Tras el 62% de Rechazo al primer proceso, Boric no defendió el texto ni radicalizó la lucha. Calificó el resultado como un “traspié” y llamó inmediatamente a un “nuevo itinerario constituyente”. Su giro “republicano” legitimó el marco institucional y allanó el camino para que Kast tomara la iniciativa. Su compromiso no era con el texto derrotado, sino con la idea de un proceso, con la institucionalidad. Fue el “Pepito Grillo” del sistema: un recordatorio constante de que, por muy radical que sea el descontento, la respuesta siempre debe ser “por la vía institucional”.
La experiencia regional: un patrón que se repite
El caso chileno no es una excepción, sino la confirmación de una tendencia que atraviesa América Latina. En Brasil, el gobierno de Lula no impidió que el bolsonarismo se mantuviera como la segunda fuerza política del país. En Argentina, el kirchnerismo terminó siendo barrido por la motosierra de Milei. En Perú, la izquierda fragmentada no pudo frenar el avance de la derecha autoritaria. En Colombia “uno de los mejores presidentes de la historia” deja en el poder un fascista mercenario de tomo y lomo como De la Espriela.
En cada uno de estos países, los gobiernos socialdemócratas o de izquierda neoliberal —que llegaron con discursos de cambio, transformación y “enfrentamiento a la ultraderecha”— terminaron allanando el camino para que esa misma ultraderecha se instalara en el poder.
La socialdemocracia latinoamericana hace tiempo que no logra instalar un discurso en la sociedad. Su incapacidad para ofrecer una salida real a la crisis de reproducción social —sumada a su obsesión por la gobernabilidad, las alianzas con el capital y la gestión institucional del malestar— ha creado el caldo de cultivo perfecto para que la ultraderecha se presente demagógicamente como “la alternativa”. Kast no es un fenómeno que haya surgido de la nada. Es, en gran medida, el resultado de una estrategia del progresismo que, tras la rebelión popular de 2019, apostó por encauzar la crisis hacia salidas institucionales y por administrar el mismo modelo que había sido cuestionado en las calles. La frustración generada por gobiernos que prometen transformaciones profundas y terminan garantizando la continuidad del orden neoliberal es el combustible que alimenta a la ultraderecha en toda la región.
III. La “oposición frontal” que no frena nada
Del discurso duro al voto blando
El 5 de agosto de 2026, el Senado aprobó la reforma tributaria del gobierno de Kast —el corazón del llamado “Plan de Reconstrucción Nacional”— con 27 votos a favor y 22 en contra. La reforma reduce el impuesto a las grandes empresas del 27% al 23%, elimina la doble tributación, establece la invariabilidad tributaria para inversiones sobre US$50 millones, exime transitoriamente del IVA a la venta de viviendas nuevas y ofrece beneficios fiscales para repatriar capitales. En los hechos, una transferencia masiva de recursos desde el Estado y los trabajadores hacia una fracción específica del capital.
La votación fue extremadamente estrecha: 26 a favor y 24 en contra en varios artículos clave. Eso significa que cada voto de la oposición era decisivo. Si la izquierda neoliberal hubiera actuado consecuentemente, la reforma podía ser bloqueada. No lo hizo.
El Partido Socialista se había declarado en “oposición frontal” en su Comité Central del 25 de abril. La senadora Paulina Vodanovic, presidenta del PS, afirmó que no se abstendrían en la votación. Criticaron el proyecto en el pleno, calificándolo como “la única reforma tributaria que no busca recaudar más, sino menos”. Pero la reforma fue aprobada igualmente.
El Frente Amplio, a través de su entonces presidenta Constanza Martínez, calificó la reforma de “ideológica, regresiva e inconstitucional” y anunció que buscarían pararla en el Tribunal Constitucional. Pero el TC no ha frenado nada, y la reforma está en marcha. No anunciaron bloqueo, ni movilización, ni huelga legislativa. Solo discursos y la promesa de un recurso judicial.
El Partido Comunista, a través de su secretaria general Bárbara Figueroa, criticó al ministro Quiroz y acusó falta de un “proyecto concreto” de redistribución. Pero en la práctica, sus parlamentarios se sentaron a negociar indicaciones en lugar de paralizar la tramitación.
La retórica vs. la evidencia: “era imposible que no lo vieran venir”
Las redes sociales y los medios de comunicación se llenaron de declaraciones indignadas. “Le hace daño a los chilenos”, repetían en cada entrevista. “Es una reforma ideológica, regresiva e inconstitucional”, sentenciaba el FA. “Robin Hood de los superricos”, decía el PC. “No hay voluntad de diálogo”, se quejaba el PS.
Pero todo ese torrente retórico tenía un problema de base: era imposible que no lo vieran venir. No es que Kast haya escondido su plan. Durante toda la campaña, el candidato de la ultraderecha recorrió el país prometiendo recortes de 6.000 millones de dólares, rebajas tributarias al gran capital y flexibilización laboral. No es que no hubiera señales: Milei ya gobernaba Argentina con su motosierra, Bolsonaro había dejado su huella en Brasil, Trump había regresado a la Casa Blanca. Kast, además, se ufanaba de sus vínculos con todos ellos. “Nuestras ideas ya ganaron en EE UU, en Italia, en Argentina —dijo durante la campaña— y en Chile también vamos a ganar”.
La ultraderecha no ocultaba su programa; lo pregonaba. La oposición tenía todas las advertencias, todos los antecedentes, todas las evidencias. Pero en lugar de preparar una resistencia popular, prepararon discursos. En lugar de movilizar, negociaron. En lugar de bloquear, se sentaron a “incidir” en la tramitación.
Como ha señalado un análisis crítico, la oposición no busca derrotar el plan de Kast mediante la movilización popular, sino regularlo, moderarlo o negociar sus ritmos de aplicación. Su estrategia no es frenar la reforma; es administrar su impacto para no perder la conexión con sus votantes. Y mientras tanto, la reforma avanza.
El caso más revelador de esta lógica es la abstención de Pedro Araya (PPD) en la votación clave del Senado. Su abstención fue el voto que permitió políticamente la aprobación de la idea de legislar. No era rechazar la reforma; era reclamar un lugar en la mesa. El PPD, parte de la “oposición”, facilitó la tramitación.
El socio incómodo: el PDG
Mientras la izquierda neoliberal se declaraba en “oposición frontal”, el Partido de la Gente (PDG) cumplía el papel que el sistema le había asignado. El 20 de mayo de 2026, la Cámara de Diputados aprobó iniciar la discusión de la Megarreforma “con los votos a favor de los diputados del Partido de la Gente (PDG), un partido populista de derechas”.
El PDG, que no tiene representación en el Senado, se convirtió en la llave que abrió la puerta al plan de Kast en la Cámara Baja. “Un puñado de votos del PDG le permite al ministro Quiroz aprobar corazón tributario del megaproyecto”, tituló La Tercera.
La ingeniería parlamentaria del capital funciona así: el PDG se vende (o se deja comprar), la izquierda neoliberal se posiciona como “oposición responsable” para las próximas elecciones, y Kast ejecuta el ajuste. No hay diferencia sustancial de proyecto económico entre “oposición” y oficialismo. Todos son parte del mismo engranaje, pero con distinto papel.
La reforma de seguridad y los recortes sociales
El 10 de agosto de 2026, el presidente Kast firmó el proyecto de reforma constitucional que da sustento a la Agenda Contra el Crimen Organizado y el Terrorismo (ACOT). La iniciativa incorpora por primera vez a la Carta Fundamental la seguridad pública como un deber explícito del Estado, crea nuevos estados de excepción y facilita la incautación de bienes del crimen organizado.
La oposición respondió con críticas pero sin acción contundente. Constanza Martínez acusó que el gobierno “pretende hacer de esto un debate que divida posiciones”. Paulina Vodanovic cuestionó la falta de trabajo pre legislativo. Pero no anunciaron bloqueo, ni huelga legislativa, ni movilización. Solo más discursos y llamados al “diálogo”. Mientras tanto, la reforma avanza.
En el ámbito de los recortes sociales, el gobierno de Kast ha aplicado más de US$1.400 millones en recortes, incluyendo $32 mil millones en Desarrollo Social y un ajuste del 2,5% al presupuesto de salud. La oposición denuncia pero no frena. No hay paros nacionales, no hay movilizaciones masivas coordinadas. Solo declaraciones.
IV. Las internas: el verdadero frente de batalla
Mientras el gobierno de Kast aprueba su reforma tributaria, recorta derechos y fortalece el Estado policial, la oposición se dedica a sus procesos internos.
Frente Amplio: 18,45% de participación con elecciones online
El 15 y 16 de agosto de 2026, el Frente Amplio realizó elecciones internas para renovar su Directiva Nacional. Participaron 10.358 militantes, apenas el 18,45% del padrón habilitado (55.942 militantes). La diputada Gael Yeomans se impuso con 5.667 votos (54,71%) frente a los 4.353 de la presidenta saliente, Constanza Martínez (42,03%).
Yeomans declaró que su objetivo es “articular a toda la oposición para frenar los retrocesos del Gobierno de Kast”. Pero mientras el FA elige presidenta y reparte cargos (Martínez asumirá como secretaria general), la Megarreforma continúa aplanando.
El dato es devastador: las elecciones del FA son mixtas, es decir se puede votar online, lo que elimina las barreras logísticas de desplazamiento, horarios y acceso. Tuvo una participación de apenas el 18,45% en un proceso que revela un desinterés profundo de las bases por la vida interna del partido. No es un problema de acceso; es un problema de contenido y credibilidad. Incluso la elección de la Federación Estudiantil de la Universidad Católica tuvo mayor participación que las internas del FA. El desinterés de las bases es elocuente.
Partido Comunista: opacidad y plenos sin consecuencias
El Partido Comunista ha realizado múltiples plenos de su Comité Central en 2026. En enero de 2025 eligió su Comité Central, con Bárbara Figueroa obteniendo 4.183 votos y Lautaro Carmona 3.906. En abril de 2026, el XI Pleno del Comité Central analizó el escenario político. Figueroa anunció que el partido va “en camino de la Conferencia”.
Pero el PC no ha hecho públicas las cifras de participación de sus últimas elecciones internas con la misma transparencia que el FA. La opacidad en un partido que se dice “de masas” es, cuando menos, llamativa. Y la pregunta incómoda persiste: ¿de qué sirve la “Conferencia” si en el Parlamento no se frena ninguna medida del gobierno?
Partido Socialista: declaraciones internacionales mientras el país se hunde
El Partido Socialista celebró su Comité Central el 25 de abril, declarándose en “oposición frontal”. También expresó su respaldo a la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU. Una agenda ciertamente internacional, mientras los trabajadores chilenos ven sus derechos recortados.
En marzo de 2025, el PS eligió su Comité Central con una participación del 55% de su padrón (más de 15 mil votantes). Pero incluso ese 55% significa que casi la mitad de los militantes socialistas no participaron en la elección de su dirección. Y esas elecciones fueron en 2025 —un año antes de que Kast asumiera— y en formato presencial. La comparación con la participación del FA no es directa, pero la tendencia es clara: las bases no se sienten convocadas por sus dirigencias.
Conclusión: rituales de legitimación
Estas internas no son ejercicios de democracia participativa; son rituales de legitimación de dirigencias que ya tienen el control, que también es repartición de lukas, mientras el país se desangra. El FA tuvo una participación paupérrima en un proceso con muchas facilidades. El PC no transparenta sus cifras. El PS se ufana de un 55% que sigue siendo una minoría. Las bases no creen en sus dirigencias, y las dirigencias no creen en la lucha de masas. Creen en la gestión.
V. Bajar del cielo el concepto de “duopolio”: una exigencia propagandística
No hay dos bandos: hay un mismo sistema con dos caras
El concepto de “duopolio” o “clase política” es cierto, pero se queda en el aire. Para la mayoría de la gente, “la oposición” y “el gobierno” parecen dos cosas distintas. Hay que hacer visible que son parte del mismo engranaje.
La izquierda neoliberal funciona como el carro bomba del sistema. Su papel histórico —desde la Concertación hasta el FA, pasando por el PC y el PS— ha sido administrar el descontento popular para que nunca desborde los marcos institucionales. Cuando el pueblo se moviliza, ellos canalizan la fuerza hacia el Parlamento, las urnas o las negociaciones. Son los bomberos del capital, no sus enemigos.
El “duopolio” en acción: ejemplos para el votante común
El 18O: el movimiento exigía “Que se vayan todos”. La respuesta de la clase política (con Boric a la cabeza) fue un proceso constituyente que terminó desmovilizando las calles y entregando el control a las instituciones. La rebelión popular fue canalizada hacia una Convención, y la Convención fue derrotada en las urnas. El ciclo se cerró con Kast en La Moneda.
La Megarreforma: el gobierno de Kast la impulsa, la oposición la critica pero no la frena. Se sientan a negociar indicaciones, legitiman la tramitación y, cuando la reforma se aprueba, se lavan las manos diciendo “nosotros votamos en contra”. Pero su voto en contra no sirvió de nada porque su presencia en la mesa le dio al gobierno los votos necesarios (o las abstenciones suficientes) para que la reforma avanzara.
Las internas: mientras el país se hunde, ellos discuten quién será el próximo presidente del partido, quién ocupará la secretaría general, quién será el candidato en las próximas elecciones. Eso no es “construir una alternativa”; es administrar sus propias cuotas de poder.
La táctica propagandística: la Huelga Legislativa
Hay que mostrar que el PC, el PS y el FA no son una alternativa al gobierno de Kast, sino su relevo funcional. Si Kast cae, ellos estarán listos para presentarse como “la solución”, pero su solución será la misma: administrar el sistema, no transformarlo.
La exigencia de una Huelga Legislativa —que la oposición se niegue sistemáticamente a participar en la tramitación de la Megarreforma— no es una demanda ingenua. Es una exigencia propagandística que sirve para mostrarle al pueblo cómo esta oposición negocia, tranza y legitima mientras dice oponerse. No porque vayan a hacerlo (no lo harán), sino para que el pueblo vea que no hay diferencia sustancial entre “oposición” y oficialismo.
Si el PC, el PS y el FA realmente creyeran que la Megarreforma es “un daño a Chile”, deberían negarse a participar en su tramitación. Deberían bloquear el Senado, paralizar el Congreso, llamar a la desobediencia civil. No lo hacen. Prefieren negociar. Prefieren “incidir”. Prefieren mantener la ilusión de que hay dos bandos.
La función de la “dama de compañía”
La izquierda neoliberal no es el contrapeso al gobierno de Kast, sino su bisagra institucional. Ayer, como gobierno de Boric, allanaron el camino profundizando el extractivismo, blindando al capital financiero y fortaleciendo el Estado policial que hoy reprime. Hoy, como oposición, cumplen el rol de desactivar la lucha social canalizándola hacia el Parlamento, donde negocian la cuota de poder mientras legitiman con su presencia la “Megarreforma” que dicen repudiar.
Su existencia política depende de mantener la ilusión de que hay dos bandos, cuando en realidad son la cara amable de un mismo proyecto de explotación. Son los bomberos del sistema, no los arquitectos de un edificio nuevo.
Cuando Kast falle —por su propia fragilidad, por la crisis económica, por la movilización popular o por la combinación de todas ellas— la izquierda neoliberal intentará presentarse como “la salida”. Dirán: “Nosotros advertimos”, “Nosotros votamos en contra”, “Nosotros somos la resistencia”.
Pero su historia demuestra que son parte del problema, no de la solución. Durante 40 años, la Concertación y sus herederos (PS, PPD, DC, y ahora el FA y el PC) han sido el instrumento político de la gran burguesía. No han transformado el modelo; lo han administrado con rostro humano. Han garantizado que el capitalismo chileno funcione sin sobresaltos, absorbiendo el malestar social y canalizándolo hacia las instituciones.
¿Qué pasaría si la oposición ganara las próximas elecciones?
Nada cambiaría de fondo. Seguirían administrando el extractivismo, el endeudamiento, la precarización laboral y el Estado policial. La Megarreforma de Kast, que hoy critican, no sería revertida por ellos. En el mejor de los casos, harían algunos ajustes cosméticos —subir un poco el impuesto a los ricos, aumentar un par de puntos el gasto social— pero el corazón del plan de acumulación se mantendría intacto.
La prueba está en el gobierno de Boric: no revirtió el modelo, lo profundizó. No desmilitarizó, militarizó. No nacionalizó el litio, se lo entregó a SQM. No fortaleció la salud pública, blindó a las Isapres. No terminó con el sistema de AFP, lo parcheó. No enfrentó al empresariado, se sentó a dialogar con él.
El Partido Comunista, que hoy se presenta como “oposición”, fue el principal impulsor de la ley de 40 horas y la reforma de pensiones —medidas que, siendo valiosas, no alteraron la estructura de poder económico del país. El Frente Amplio, que hoy critica la reforma tributaria de Kast, no hizo nada para impedir que el gobierno de Boric profundizara el extractivismo. El Partido Socialista, que hoy se declara en “oposición frontal”, fue el partido que gobernó durante la mayor parte de la transición sin modificar el modelo.
La trampa del “voto útil”
La izquierda neoliberal nos dirá que hay que votar por ellos para “frenar a la derecha”. Pero frenar a la derecha no es lo mismo que construir una alternativa. La historia demuestra que ellos no frenan a la derecha; la administran, la contienen, la gestionan. Y en el proceso, desmovilizan al pueblo y lo devuelven a la pasividad.
No se trata de elegir entre Kast y la oposición. Sino de entender que ambos son funcionales al mismo sistema. Kast representa a una fracción de la burguesía que quiere acelerar la explotación sin cortapisas. La oposición representa a la gran burguesía, que con sus ganancias aseguradas, a través de ellos presenta un rostro más amable. Prefiere administrar el malestar para que no explote. Ambos son parte del mismo engranaje.
La única salida
La construcción de poder popular desde abajo, con organización autónoma, con objetivos tácticos concretos y con un horizonte estratégico que no pase por las urnas, sino por la capacidad de veto y propuesta de los sectores populares.
Esta táctica nos permitiría proponer, ahora sí, una política abstencionista con sentido para los sectores populares. Una política que tenemos 3 años por delante para concretar. No se trata de elegir entre Kast y la oposición; se trata de construir una fuerza que sea independiente de ambos, de cerrarles la puerta de su reordenamiento electoral.
VII. Conclusión: desenmascarar para construir
El PC, el PS y el FA no son una alternativa al gobierno de Kast. Son su relevo funcional. Su papel es desactivar la lucha social y administrar el sistema. No hay que pedirles que salven al pueblo. No lo harán. No pueden hacerlo porque su razón de ser es administrar el sistema, no transformarlo.
La tarea de los sectores populares es desenmascararlos. Mostrar que no hay dos bandos. Que su “no” es un gesto de teatro, mientras en la práctica son el combustible institucional que mantiene vivo el proyecto de Kast. Mostrar que su historia de 40 años —desde la Concertación hasta el FA, pasando por el PC y el PS— es la de administrar el capitalismo, no de transformarlo.
La exigencia propagandística de la Huelga Legislativa es una herramienta para exponer su complicidad. No porque vayan a hacerla, sino para que el pueblo vea que prefieren negociar antes que paralizar. Que prefieren mantener la ilusión del “dos bandos” antes que enfrentar al sistema.
Mientras el pueblo no vea con claridad ese papel, seguirá siendo engañado. La “dama de compañía” seguirá bailando al son del capital, y el plan de Kast seguirá avanzando.