REVISTA LA TRILLA Biobío
No es guerra, es Genocidio.  Solidaridad con Palestina
← Volver a la portada Internacional

Crisis fronteriza con Argentina y límites exteriores del proyecto ultraderechista en Chile

El sometimiento del gobierno de Kast a la política exterior norteamericana en general, y de la ultraderecha chilena al liderazgo ideológico de Milei en particular, compromete seriamente la autonomía exterior de Chile y amenaza su integridad territorial.

Martín Sanzana Calvet · Sociólogo, Doctorado en Estudios de Planificación · Septiembre 2026

Kast y Milei

El sometimiento del gobierno de Kast a la política exterior norteamericana en general, y de la ultraderecha chilena al liderazgo ideológico de Milei en particular, compromete seriamente la autonomía exterior de Chile y amenaza su integridad territorial. La actitud servil de la derecha es consustancial al entreguismo de la élite. El episodio deja al descubierto sendas brechas en el proyecto ultraderechista, y demanda que la cuestión nacional sea integrada a la acción política transformadora.

Negligencia diplomática

Apenas inaugurado el gobierno de Kast, se inició de parte de altos mandos militares y autoridades trasandinas una oleada de declaraciones relativizando la soberanía de Chile sobre el Estrecho de Magallanes y afirmando un eventual dominio argentino del mismo. Confiado en que la afinidad política e ideológica con Milei garantizaba un frente diplomático tranquilo, el incidente pilló a Kast con la guardia baja.

Cuando el gobierno finalmente percibió que el episodio escalaba, y que la oposición se activaba en torno al tema, convocó a un encuentro bilateral entre los presidentes. En Santiago, ambos mandatarios reconocieron la vigencia de los Tratados de 1881 y 1984. Chile apoyó el reclamo argentino sobre las Malvinas, y Argentina reconoció la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes. El gobierno dio por cerrado el impasse, a costa de la relación con el Reino Unido y malgastando la carta del encuentro bilateral.

Esta tensión diplomática con Argentina es reveladora de las contradicciones que tiene el actual gobierno chileno en materia de política internacional. Sobre todo porque, pese al anhelo de la ultraderecha, los hechos son porfiados. Es que la propia visita de Milei a Chile estuvo plagada de señales relativizando sus compromisos con Chile. El presidente trasandino incluyó en su agenda una reunión con la enviada de Estados Unidos, oportunamente difundida por la prensa en la Argentina. Y cerró su visita con la cumbre del foro de Madrid, encuentro de la ultraderecha mundial donde el argentino brilla, y en el cual se dio el lujo de referirse ofensivamente a episodios de la política interna de Chile.

Como si fuera poco, a poco andar el canciller trasandino reafirmaba en la prensa el carácter "biocéanico" y "bicontinental" de la Argentina. La guinda de la torta fue servida días después, en la visita oficial de Milei a la Casa Blanca. Allí, Trump relativizó la posición de apoyo de Estados Unidos a la ocupación británica de las Malvinas: un espaldarazo a un Milei candidato a la reelección, y una señal política favorable a las pretensiones argentinas en el sur del continente.

Redibujar los mapas

Para entender la actitud Argentina hay que considerar el nuevo escenario mundial. El orden internacional creado a partir de 1945 bajo iniciativa norteamericana se encuentra hoy en pleno desmantelamiento, en gran medida por el giro estratégico de los Estados Unidos de Trump. Su estilo personal disruptivo es funcional a la estrategia de una facción de la elite que se ha propuesto frenar el declive de la hegemonía norteamericana y bloquear el ascenso geopolítico de China, haciendo saltar el tablero del multilateralismo y estableciendo un nuevo orden internacional basado en su fuerza militar y económica. Ello exacerba la lógica de la supervivencia del más fuerte a lo largo del planeta, fomentando guerras asimétricas y aumentando la descomposición del sistema internacional.

En el nuevo diseño norteamericano es clave aumentar su control sobre América Latina y el Caribe, su histórico patio trasero, incluyendo ahora a Canadá e incluso Groenlandia. La vieja doctrina Monroe, América para los Americanos, pasa a ser llamada "Donroe" (por Donald Trump). En ella, el continente Americano, expandido del polo Norte al Sur, es el espacio vital de Estados Unidos, un protectorado, fuente de recursos, mercados y control geopolítico. El ejemplo reciente de la intervención en Venezuela y la expulsión de intereses chinos del Canal de Panamá es decidir al respecto. En este momento, y gracias al empuje de la ultraderecha, los tratados importan poco o nada, lo que vale es el poder ordenador del más fuerte.

La postura de Trump respecto de Argentina no es anecdótica sino de lógica fría. El vecino país es estratégico para el dominio norteamericano del Cono Sur: factor regional clave para el contrapeso a Brasil y su apertura hacia China, funciona como vértice para el control de los pasos marítimos australes y como futura avanzada hacia el rico continente Antártico. El expresidente argentino Macri reveló cómo ya en 2018 Trump le había sugerido invadir Chile para obtener una salida hacia el Pacífico.

Tampoco se puede obviar el profundo compromiso entre Milei y el ala más radical del gobierno israelí, con su abanico de intereses hacia la Patagonia. Como botón de muestra, recientemente el Reino Unido anunció la prohibición de comerciar con los territorios ocupados por Israel en Cisjordania. La respuesta de los ministros más ultra del gobierno incluyó impulsar el reconocimiento israelí a la soberanía argentina sobre las Malvinas. La trenza geopolítica se va fortaleciendo, con imprevisibles repercusiones para Chile.

El nacionalismo exacerbado y la promesa de expansionismo territorial para revivir glorias pasadas son una carta segura para las élites de estados nacionales en situación de agotamiento o crisis, y la situación en Argentina no es la excepción. Los objetivos históricos del estado argentino en materia geopolítica fueron trazados hace más de un siglo, y han sido actualizados constantemente. En lo que al sur del país respecta, consideran obtener una posición bioceánica que le permita dominio sobre el Pacífico Sur, ejercer soberanía efectiva sobre su plataforma continental austral, mejorando sus posibilidades de reclamar una tajada mayor de la Antártica, y ocupar las Islas Malvinas.

Es cierto que a lo largo de las décadas estos objetivos se vieron ralentizados o congelados, primero por las dificultades en consolidar los territorios conquistados, luego por la adormecedora bonanza del boom ganadero, y finalmente por la decadencia del proyecto nacional desarrollista y la derrota de 1982 ante los británicos. Pero el escenario ha cambiado y la convergencia de intereses norteamericanos, sionistas y de la elite porteña han revivido las aspiraciones territoriales y marítimas argentinas. Si para Milei el anarcocapitalista todas estas aspiraciones son accesorias, para Milei el presidente son la mejor garantía de mantener el favor de Estados Unidos, la cooperación de la ultra sionista, la lealtad de los militares, y el apoyo de las fracciones empresariales y de los grupos sociales alienados que ahogan su frustraciones en el mesianismo del líder.

Abuso y servilismo

La formación histórica de los actuales estados nación latinoamericanos está marcada por el desmembramiento del Imperio Español a manos elites criollas modernizantes, respaldadas por el Imperio Británico. En las jóvenes repúblicas, las elites ajustan cuentas mediante guerras interiores y conflictos vecinales, creando un continente que pese a sus dimensiones y riqueza, está fragmentado y débil, postrado ante las potencias del norte. Luego, bajo la hegemonía norteamericana, se ensayan políticas integradoras funcionales a Washington, mientras los esfuerzos soberanistas son neutralizados. La globalización neoliberal genera una promesa de integración al sistema-mundo que demanda la competencia continua de naciones y territorios, lo que limita esfuerzos como el Mercosur.

En el caso chileno, la gran apuesta de la elite chilena en el siglo XIX fue anexar los territorios mineros de Perú y Bolivia, para beneficio de los mercaderes y de Inglaterra. Para lograrlo, entregó la Patagonia sin disparar un tiro, dejando esos vastos territorios y su población a merced de la genocida campaña del desierto argentina, a la vez que ensayaba sus propias matanzas en la usurpación-pacificación de la Araucanía y la colonización de Magallanes. Con ello, la élite alcanzó sus objetivos territoriales, y desde entonces, la geopolítica de Chile se mueve en el eje Norte-Sur, o incluso más, en el eje Rancagua-Calama, con mucha dificultad incorporando prioridades más allá de eso.

Esas decisiones estratégicas de la elite chilena por obtener riqueza de forma inmediata mediante la usurpación territorial y la explotación de la masa social, conformaron un Estado nación sin profundidad geográfica. Por el contrario, la construcción de las potencias continentales Estados Unidos, Brasil, y la propia Argentina, operaron de Este a Oeste, construyendo una masa crítica geográfica y su proyección oceánica.

Y los autodenominados patriotas, que hasta hace poco repetían el discurso revisionista de la ultraderecha internacional respecto los tratados, se refugian ahora detrás de los tratados mediante los cuales sus antepasados y antecesores cedieron a Argentina la Patagonia y parte del Mar de la Zona Austral, nada menos.

Renovado sometimiento

Actualmente, el continente vive la tensión entre el creciente peso comercial chino y la influencia norteamericana. La hegemonía interna de movimientos ultraconservadores y libertarios, refleja la oleada mundial de fuerzas regresivas que se nutren, y aceleran, la caída del orden liberal.

El hecho principal de la política exterior chilena actual es el abierto realineamiento geopolítico del gobierno con Estados Unidos e Israel, y en materia ideológica con la internacional ultraderechista, donde Javier Milei es un referente destacado. Este realineamiento representa un giro frente a la política exterior de la transición, de Aylwin a Boric, que puso la diplomacia al servicio de la inserción de Chile en la globalización neoliberal, respaldando el multilateralismo en las instituciones continentales y de la Naciones Unidas, promoviendo una estrategia de la normalización de las relaciones vecinales.

Para nadie resulta sorpresivo este énfasis del nuevo gobierno chileno, dada la crítica radical de la ultraderecha hacia un orden mundial liberal percibido como débil y valóricamente corrompido, que facilita la decadencia de la civilización occidental. Sin embargo, hasta la fecha los renovados votos de lealtad hacia los Estados Unidos no han servido para evitar los efectos de la guerra comercial estadounidense. En los hechos, Chile ha optado por el sometimiento pasivo ante la imposición de aranceles, relegando al limbo el TLC con EE.UU., la joya de la corona de la política concertacionista. Mientras tanto, Washington sigue imponiendo decisiones a Chile para favorecer inversiones norteamericanas y bloquear el ingreso de tecnología China. Este realineamiento tampoco ha frenado las ambiciones territoriales argentinas. La disputa por la Patagonia, un conflicto que a ojos de la miope elite chilena estaba estabilizado y podía ser indefinidamente administrado mediante carambolas diplomáticas y disuasión militar, se ha reavivado, con imprevisibles repercusiones.

Lo que el núcleo del gobierno chileno no consideró (ni le importó) es que la descomposición del orden internacional, que la ultraderecha apoya, no solo crea nuevas guerras sino que reactiva viejas fracturas. Es obvio que Chile tiene poco margen de maniobra ante gigantes como Estados Unidos o China. Pero la doctrina Kast parece ser, y en ello se parece mucho a Boric, la renuncia a construir una mejor correlación de fuerzas de manera autónoma. Eso conduce a la vulnerabilidad en que se encuentra hoy Chile a nivel de relaciones internacionales. A ello se suman otras decisiones erráticas, como humillar a Bachelet en su candidatura a la ONU. Coherente con su ideario, con ello Kast redujo aún más el escaso margen de maniobra de la diplomacia chilena en el mundo.

Aunque le duela a las élites chilenas, Estados Unidos ha elegido a Argentina como aliado geopolítico preferente en Sudamérica. Es en el extremo sur de Argentina que se construirá una base militar Estadounidense. Es Argentina quien fue invitada a ser estado asociado a la OTAN, y quien ha recibido recientemente cazas F-16 que, aunque de menor calidad que los chilenos, reducen la distancia en el poderío aéreo de ambos estados. Aunque la diplomacia naval chilena mantiene alianzas con las marinas norteamericana y británica, eso no es un contrapeso a la pérdida de influencia del país, que queda en una posición de debilidad, rodeado de países hostiles, chanteajeado por sus principales aliados, y social y políticamente polarizado.

Nada indica que Kast vaya a romper con Milei y la internacional ultraderechista, ni mucho menos con Estados Unidos, por lo que no le queda sino la huida hacia adelante, abrazar con más fuerza la agenda ultraderechista. Si busca mayor autonomía, se queda sin aliados, y expuesto al fuego retórico de Milei y sus seguidores chilenos.

En Chile también campea el realismo mágico: en su momento, los socialistas corrieron a defender al dictador, en nombre de la patria, ahora los pinochetistas socavan el nacionalismo patagónico del tirano. Altanera con los morenos, la ultraderecha racista se rinde ante los argentinos y los norteamericanos, y en ello hay que incluir a los Nacional Libertarios. Las declaraciones de su líder en este episodio hacen ruido por lo moderadas y apaciguadoras. En qué quedamos ¿son patriotas, libertarios, o más bien ninguno de los dos?

En buenas cuentas, ante Argentina el gobierno de Kast y la ultraderecha chilena muestran debilidad y sometimiento. Se comportan como la perra de Milei. Lo cual sería problema de ellos, si no fuera que arrastran al país en su conjunto a una situación compleja, de la cual tratarán de salir de la peor manera. Ya sea entregando soberanía a cambio de paz, total, la patria de los ricos son sus privilegios de clase. O bien, invocando la guerra, sacrificio para la cual estarán muy dispuestos a reclutar la juventud popular, total, para morir por la bandera están los rotos. Y contra una coalición argentino-americana-sionista esas muertes se darán por descontadas.

El impasse revela los vacíos del proyecto de la ultraderecha chilena y las posibilidades que existen para la disputa del sentido común en amplias franjas sociales actualmente disociadas de la política o capturadas por narrativas populistas. Los patriotas de rodeo son incapaces de otorgar un feriado decente para que la población disfrute del que es probablemente el único vínculo común importante que nos queda, el 18 de septiembre. "Trabajen flojos malagradecidos" gritan sus acciones. Así como apenas iniciado el gobierno, Kast castigó a la sociedad con su política económica y luego ha propuesto un estado policial, ahora es su política exterior la que abre una brecha entre el sentido común de la clase dirigente y el del pueblo.

En perspectiva

Este episodio muestra cómo en la nueva dinámica del poder mundial, Chile termina encasillado en una situación en que estorba a una triada expansionista y mesiánica, sin buscarlo y pese a todos los esfuerzos elitarios por agradar a los líderes reaccionarios. Una vez más, un continente desunido y fracturado por elites codiciosas y vendepatria es presa fácil para los matones del barrio, y tiene cero incidencia en los destinos del mundo en los asuntos fundamentales de nuestra época: crisis ecológica, expansión de la guerra, desigualdad creciente, Inteligencia Artificial, carrera espacial.

El impasse revela los vacíos del proyecto de la ultraderecha chilena y las posibilidades que existen para la disputa del sentido común en amplias franjas sociales actualmente disociadas de la política o capturadas por narrativas populistas. Los patriotas de rodeo son incapaces de otorgar un feriado decente para que la población disfrute del que es probablemente el único vínculo común importante que nos queda, el 18 de septiembre. "Trabajen flojos malagradecidos" gritan sus acciones. Así como apenas iniciado el gobierno, Kast castigó a la sociedad con su política económica y luego ha propuesto un estado policial, ahora es su política exterior la que abre una brecha entre el sentido común de la clase dirigente y el del pueblo.

Pasarle la cuenta al gobierno de la ultraderecha, sin alimentar a los señoritos de la oposición parlamentaria ni a los buitres populistas, es un gran desafío. Uno mayor aún es levantar un proyecto político que rompa con la podredumbre de la clase política y empresarial y su metálica garra sobre el pueblo, para echar a andar un nuevo Chile.